Corría la década del 40 del siglo pasado; en la escuela primaria los alumnos turno mañana asistíamos a clases desde las 8 hasta las 12.30, de lunes a sábados, totalizando un total de 27 horas semanales de reloj. A partir de 1951 el entonces presidente de la Nación, Juan Domingo Perón, eliminó la asistencia a las escuelas el sábado. El ciclo primario era de siete años y el secundario, de cinco años. Teníamos una sola maestra por grado, que nos enseñaba Aritmética, Geometría, Lenguaje, Historia, Geografía y Ciencias Naturales y una hora diaria semanal de materias especiales: Dibujo, Trabajo manual, Gimnasia, Música, Labores y Religión. Cuando concluía primer grado inferior el alumno sabía leer y escribir, sumar y restar; en primer grado superior conocía el abecedario íntegro con palabras, con letras de carta y de molde, mayúsculas y minúsculas; sabía multiplicar y dividir. En segundo grado (tercero del actual) sabía multiplicar y dividir por dos y tres cifras. En vez del actual celular se usaba el diccionario, que todo alumno llevaba en su portafolio. En Lenguaje, cuando teníamos un error ortográfico, la señorita maestra nos hacía escribir la palabra en una página completa del cuaderno. En geografía hacíamos los mapas por duplicado con papel carbónico, por si perdíamos el original, consignando la capital de cada país, el número de habitantes de acuerdo datos del último censo, los principales ríos y montañas. La profesora de música nos enseñaba todas las marchas y canciones alusivas a las distintas efemérides, varias a la bandera, otras como la Canción del Estudiante, la Marcha del Reservista, la Marcha de San Lorenzo, melodías de América e Himno a Sarmiento, por mencionar algunas. La profesora de trabajo manual nos hacía hacer en cartulina todos los polígonos, como el picosaedro de 20 lados, pegado con papel especial, y si estaba desprolijo, a hacerlo de nuevo. Sin contar las poesías: tres o cuatro estrofas que nos daban para memorizar en distintos acontecimientos escolares. No me olvidaré de mis maestras de la Escuela Normal Juan Bautista Alberdi de la primaria, como la señorita Argentina Valladares, Irma Ponce de León, Adelaida Rita Antoni, Lucrecia Aráoz Mariño, Eva Figueroa de Fanjul y Silvia Guerrero, todas fallecidas, de una vocación intachable. Las calificaciones eran del cero al 10 y el aplazo, con tinta roja. Estaba el libro de amonestaciones para algún incumplimiento disciplinario, pero permaneció cerrado durante décadas porque el comportamiento del alumnado era excelente. Teníamos un cuaderno común, otro de tapas duras, para presentar en la Dirección de la escuela cuando era requerido; el Manual del alumno y otros de materias especiales. Tampoco me olvidaré de compañeros como Pedro Nucci, médico ya fallecido, y Oscar Iguzquiza, famoso médico neurólogo, entre otros. Las efemérides patrias eran un verdadero día festivo; los alumnos íbamos a la escuela con delantales blancos almidonados y zapatos negros lustrados. Los escenarios estaban adornados con cadenas de papel especial celeste y blanco y con estrellas federales, donde subían los abanderados con sus respectivas escoltas, mientras una docente o alumno decía un discurso, seguido de dos o tres parejas que bailaban La Condición y el Minué Federal, con sus respectivos trajes, danzas típicas de esa época y nuestra bandera argentina desplegando sus colores celeste y blanco, con el Pericón Nacional. También debo mencionar el desfile cívico militar que marchaba al compás de las notas que la fanfarria elevaba con la Marcha de la Avenida de las Camelias, terminando con la entrada de la caballería gaucha, aplaudida por el público. Qué tiempos aquellos que no volverán, como dice el tango.
Artemia Gómez
Blas Parera 425 - S.M. de Tucumán